viernes, 27 de marzo de 2015

La Mendiga - Recreando un escenario (Ensayo)



Recreando un escenario - (Ensayo)



 He querido reflejar de manera “sui géneris” una forma de crear historias distintas a las del amor, que ya está bien de escribir siempre sobre lo mismo. Por supuesto hablo en líneas generales, incluyéndome a mí el primero y no comprometiendo a nadie por esta razón.
Es un ejercicio literario que me he montado por mi cuenta, con la inconsciencia que me distingue y en el que partiendo de la nada, sin inspiración alguna y a solas con mi ordenador, he recreado como escenario una cafetería moderna, un señor de 50 años sentado en una mesa dispuesto para comer y una mendiga que le pide algo para sustentarse.
Y comencé a escribir…


La Mendiga


— Buenas tardes caballero.
Sus manos, entrelazadas sobre el pecho en una actitud sonriente y amable.
— Buenas tardes señora, respondí incorporándome.
— Le pido disculpe mi asalto señor, pero no he tomado nada en todo el día y me preguntaba si un caballero como usted, pudiera invitarme a comer.
Mi rostro no ejercitó ningún gesto, estaba acostumbrado a las sorpresas y sabía muy bien como reaccionar. Sopesé todas las alternativas, pero no tuve duda alguna cuando pregunté:
— ¿Le apetece sentarse conmigo señora…?
— ¿No le causaré molestias? —respondió.
Antes de que hubiese terminado su pregunta, un camarero se acercó a nuestra mesa con la intención de expulsarla del local, pero intervine diciendo que la dama venía conmigo.
— Esa es una de las molestias a las que me refería… ¡Me echan de todos los sitios…! Menos mal que Dios me asiste y siempre pone en mi camino personas bondadosas.
— No se preocupe señora, estando conmigo nadie la echará de aquí y si lo hicieran, me tendrían que echar a mí también —me río—, nos iríamos a comer dos bocadillos en un banco del parque.
El hielo estaba roto y nuestras miradas se mostraban cómplices y satisfechas.
Pedimos la comida y observé sus manos limpias y su rostro suave y terso, libre de arrugas, a pesar de que su edad debía encontrarse entre los 65 y 70 años.
— ¿Se preguntará usted que como me encuentro en esta situación?
Hizo la pregunta en un tono suave y agradable.
— Pues algo sorprendido si me encuentro la verdad. Veo que es usted una persona educada y elegante y eso no me permite entender algunas cosas de esta vida.
— ­­Yo creo que la vida es una lotería y que nuestro destino ya viene marcado desde el nacimiento.
­­— No lo se —respondí—, es posible que nuestro destino esté marcado, pero creo que también la voluntad y el esfuerzo de cada uno, incide en él.
Me agradaba su sonrisa amable y placentera.
— ¿A usted no le ha pasado nunca que todo le saliera mal…? ¿Que hiciese lo que hiciese siempre había algo que le impedía llegar a su meta…?
— Si, la verdad es que tuve unos años de infortunio en los que nada me salía bien, incluso mi matrimonio se vio en peligro. Pero luché con esfuerzo, sacrifiqué mi vida para conseguir restablecer el equilibrio; tenía dos hijos pequeños a los que sacar adelante y eso me ayudó día a día en mi esfuerzo. Terminé mis estudios y conseguí entrar en una empresa importante en la que hoy día mantengo un puesto que me tranquiliza.
— Tiene usted razón, el esfuerzo y el tesón son compañeros inseparables del éxito; y también unos hijos por los que luchar forman una parte importante de ese evento. Pero lo grave está en que tengas que sufrir una situación semejante cuando la vida que te queda es menor que la que has vivido y además no tengas que luchar por nadie. Tus fuerzas ya no son las mismas y el ánimo se desvanece como las volutas del humo de un cigarrillo.
Me quedé pensando en sus palabras asintiendo al mismo tiempo con mi cabeza.
— Es cierto que la edad y los estímulos son importantes a la hora de superar una dificultad —contesté—, pero creo que a la vida hay que mirarla de frente, se tenga la edad que se tenga.
Me cautivaba su sonrisa y la bondad que estaba impresa en sus ojos mientras degustaba el pescado que le habían ofrecido.
— Me gusta la fuerza y el ánimo que pone en sus palabras señor, eso le ayudará seguramente en el desarrollo de sus funciones en el Departamento de Recursos Humanos, donde con seguridad ejerce como director.
Me quedé sorprendido por sus palabras y dejando los cubiertos encima de la mesa, pregunté:
— ¿Cómo ha adivinado mi trabajo y mi cargo…?
Su sonrisa continuaba siendo bondadosa y serena.
— Porque yo trabajé durante 25 años de mi vida en esa empresa, pero siempre lo hice como FreeLancer y al final —cuando llegó mi edad de jubilación—, simplemente cancelaron mi contrato y me vi en la calle sin indemnización ni pensión alguna que me sustentase. El único que luchó por salvar mi situación fue usted, pero en esos momentos solo era un empleado y no tenía la fuerza que hoy día posee.
— No se asombre por lo que le digo —continuó—, la casualidad ha hecho que le reconozca en el transcurso de la comida y como usted muy bien dice, yo siempre miro la vida de frente, aunque mis ropas y mi apariencia lo desdigan. Por ello y porque no tengo nada que ocultar de mi vida, me he atrevido a declarar mi conocimiento.
Era la primera vez en varios años que estaba realmente sorprendido, no me podía esperar una situación semejante y traté que mi voz saliera serena y tranquila.
— No la recuerdo señora, lo lamento. Pero si es cierto que hubo una época en la que de una manera u otra, se cerraron todos los contratos con los FreeLancer. Y sus palabras me han recordado la lucha que mantuve durante mucho tiempo por evitar injusticias, aunque reconozco que no lo conseguí en muchas de ellas. Seguramente esa postura que adopté, me ayudó posteriormente a conseguir el puesto que hoy día ocupo.
— No se preocupe señor, es muy lógico que no me recuerde, ya que han pasado unos cuantos años y nuestro contacto fue muy corto.
La conversación continuó por el camino de las casualidades. Se llamaba Amanda y se tomó un postre enorme, con una mezcolanza de helados y frutas tropicales que pidió con humildad y “siempre que no fuese muy costoso”
— Hay una cosa al final de nuestra existencia —me decía en la despedida—,  que es muy importante para todos: Que alguien te recuerde con cariño después de haberte marchado. Yo no he tenido hijos y tampoco me queda ningún familiar que me vaya a recordar. Me agradaría que se quedase con esta sortija, es una baratija sin valor alguno, pero pertenecía a la madre de mi madre y la he llevado puesta toda mi vida. Necesito que cada vez que abra el cajón donde la tenga guardada, me recuerde con el mismo cariño y respeto con que yo se la entrego a usted. Además es un talismán de la buena suerte y el resultado lo verá enseguida.

Un mes después fui nombrado consejero-asesor en mi empresa; mi hijo menor aprobó con una excelente nota la selectividad y mi esposa me dijo en un momento de pasión, que el carnet de nuestro amor había caducado, pero que ya lo había renovado para otros cien años en la tierra y toda la eternidad en el más allá.

Tengo 68 años y estoy jubilado desde hace uno. Escribo en desahogo necesario para mi espíritu, ya que el recuerdo de Amanda llega a mi frente muchas más veces de las que abro el cajón donde resguardo su “baratija”
Al día siguiente de nuestro encuentro pedí que me trajeran su expediente para saber algo más de ella, y después de sus datos personales, comencé a leer:

Licenciada en Filosofía y Letras, hablando y escribiendo perfectamente inglés y francés. Excelente trabajadora, habiendo obtenido unos muy buenos resultados en su gestión al frente del Departamento de Recursos Humanos, resolviendo cualquier situación de una manera positiva tanto para la empresa como para los trabajadores.
Autora de un libro escrito y publicado con el título: “No te dejes vencer”
Su contrato fue rescindido al llegar la edad de jubilación.

Al final del informe había una nota en anexo, que decía:

“En el año 1985, la dirección de la empresa, la ofreció cambiar su contrato de FreeLancer por un contrato fijo, pero Doña Amanda declinó el ofrecimiento alegando que ese puesto se lo dieran a un padre de familia responsable de dos hijos, que estaba esperando desde hacía tiempo poder rehacer su vida”

Intenté localizarla pero pareciera que Pachamama se la hubiese tragado, ya que nunca más supe de ella.

Aunque ahora sé que cuando se cumplan esos cien años de contrato con mi esposa en la tierra, la encontraremos en el único lugar del Universo donde un ser humano como Amanda pueda estar…

En el Cielo… Afirmada en el Señor…



Dórigo Alegezzo
Nota: Todos los derechos de autor, debidamente protegidos en el Registro de la Propiedad Intelectual de Madrid.     


Donde se habla de la generosidad...
Código: 1302084563303
Fecha 08-feb-2013 16:07 UTC

9 comentarios:

  1. Me atrevo a insinuar que hace tiempo que no leo algo de tal magnitud, tanto en el aspecto literario como en el sentimental.
    Inclino mi humilde sombrero ante esta belleza.
    Gracias amigazo por compartirla.
    Shalom

    ResponderEliminar
  2. Ya no sé ni donde respondo Beto. Disculpa.
    Agradezco, porque sabes que conozco tu sabiduría literaria, las palabras que me diriges y que me constan sinceras. Son esas cosas que parecen pequeñas, pero que nos ayudan a seguir. Gracias por ello amigo.
    Un fuerte abrazo.

    ResponderEliminar
  3. No me resulta un ensayo, amigo. Sí, una historia bien narrada y estructurada, de mucho gusto y amenidad

    Abrazo

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. José, agradezco tu comentario amigo.
      Un fuerte abrazo.

      Eliminar
  4. Un gusto disfrutar de su magnifica narrativa estimado autor, un cordial saludo.

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Gloria, es un placer verte por aquí. Me alegro te haya gustado.
      Saludos querida amiga.

      Eliminar
  5. Un gusto disfrutar de su magnifica narrativa estimado autor, un cordial saludo.

    ResponderEliminar
  6. ¡vaya me has emocionado con tu narrativa. Bien contada, emocionante y de una ternura exquisita. Me enantó. Angeles

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Gracias Ángeles, me alegra verte querida amiga.

      Eliminar